LORILLA DE LA LORA

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(Elegía y elogio por el abandono de un pueblo)

(Publicado en el DIARIO DE BURGOS el 5 de octubre de 1986)

Elegía

Desde hace tiempo mantengo relación epistolar con un hijo de Lori­Ila domiciliado en Francia. Se llama D. Silvio López Ruiz. Por más deta­lles para nuestro caso es poeta galardonado en justas literarias del país vecino. Salió de España a consecuencia de la guerra civil. Es un emi­grante exiliado. Ha vuelto en varias ocasiones a nuestra patria, incluso le hemos saludado en La Lora. Ya los años, achaques de la vejez, con­dicionamientos familiares… hacen improbable su vuelta así como difíci­les futuros viajes.

Empiezo con esta introducción para excusar mi atrevimiento despla­zando a un poeta, capaz como pocos de expresar el dolor del corazón ante las ruinas de Lorilla. Por si acaso nos equivocábamos, antes de escribir estas líneas hemos visitado días pasados una vez más los res­tos de sus viviendas. Dejamos constancia de nuestra gratitud a D. Isaac Manjón, vecino de Sargentes, que gustosamente fue con nosotros.

En compañía del guía, testigo y guardaespaldas indicado, comprobé las puertas desvencijadas, las cocinas de leña y carbón arrancadas de cuajo y probablemente transportadas a una chatarrería, incluso las ma­deras de los pisos han servido de alimento para hogueras; cubiertas de edificaciones en buen estado apenas habrá dos o tres ocupadas por un labrador, que sigue cultivando las fincas, las demás están semihundidas y hasta despojadas de sus tejas. La maleza, a pesar de haber sido éste un verano seco y ya próximo a concluir, invade lo que pudieran llamar­se aceras, huertos y corrales.

Las paredes, sin embargo, se mantienen inhiestas en la mayoría de los casos como resistiéndose a doblegar la cabeza ante el impulso de los vientos, la fuerza erosionante de las lluvias o la actuación violenta de visitantes esporádicos. Hay restos/ de una portada noble con un magnífico arco de medio punto; otra vivienda exhibe la fecha de cons­trucción: el 1916. En general prevalece la piedra como elemento prime­ro de los edificos y quizás por eso aguante mejor. Convertida en grane­ro hemos visto la escuela, en cuya fachada se lee esta inscripción: «Se hizo bajo el patrocinio de la Junta Técnica de la Falange, siendo gober­nador civil y jefe provincial del Movimiento Alejandro Rodríguez de Val-cárcel, 1950».

El estado de la iglesia no disiente del panorama general. Apenas se ven algunos arranques de nervios, el arco de entrada y algunos latera­les, todos ellos de medio punto, arrimados a las paredes. Las tejas pa­saron a cubrir la ermita de la Velilla en Valderredible. Campanas, reta­blo, imágenes y otros utensilios de culto fueron retirados por los respon­sables de su custodia. Sigue vigorosa la acacia que diera sombra gra­tuita a la puerta del templo.

Hace aproximadamente 14 años el último residente, don Jesús Hi­dalgo Poza con su esposa e hijos, abandonó el lugar. Continúa labran­do las fincas primero Barrio Panizares y ahora desde Hoyos del Tozo.

¿Quién pudiera resumir y adivinar los dolores y gozos de que son testigos estas paredes ruinosas! ¡Quién hubiera de cantar el jolgorio ju­venil de su fiesta de S. Pedro! ¡Quién imaginará la serenidad de las lar­gas veladas invernales! Bodas y entierros, bautismos, visitas y despedi­das, forman un conglomerado tal que resulta arriesgado intentar traducir a palabras. Agricultura y ganadería ofrecieron medios de subsistencia a sus habitantes, los campos siguen produciendo trigo, cebada o patatas, a quien los labra; vacas, ovejas o cabezas de ganado mular no pastan por sus linderos, prados o eriales.

Para concluir este capítulo no podemos resistirnos a transcribir unos versos de D. Silvio López Ruiz, el hijo poeta de Lorilla, que añora desde Francia la patria chica y canta de esta manera a su pueblo que agoniza:

¡Lorilla del alma mía! Te recuerdo noche y día
como a una madre que de corazón se quería
con nostalgia y melancolía.

 

Paréntesis

La primera noticia escrita, que nosotros acabamos de conocer sobre Lorilla, corresponde al año 1249. Se encuentra en un documento rela­cionado con el Monasterio de las Huelgas, que guarda el Archivo Histó­rico Nacional, recientemente le ha dado a la imprenta José Manuel Li­zoain Garrido dentro de la colección «Fuentes medievales castellano leonesas». En la disputa sobre derechos de pasto entre el abad de Aguilar de una parte y de otra Pedro González y la abadesa de Huelgas declaran varios testigos, entre ellos, cuatro de «Lorilla».

Por una escritura de propiedad redactada ante notario de Villadiego el 1333 sabemos que Lorilla fue donada por su señor D. Juan Alfonso de Arenillas, al Comendador del Hospital del Rey. Aquí se la denomina «aldea que dicen Loriella, que es en La Lora, sobre Valde Ribayble». (Significa aldea situada al borde, a la orilla de la comarca o páramo de La Lora, como así es).

El Becerro de las Behetrías (1352) no lo menciona. Y parte por su dependencia del Hospital del Rey, parte por su situación presente, por los efectos devastadores de la guerra civil de 1936 que tuvo una posi­ción en el casco de Lorilla y hubo de ser evacuado y por otros agentes indeterminados la historia de Lorilla se ve empañada por un silencio de algo más de cuatrocientos años.

En 1748 un Visitador Diocesano afirma que Lorilla cuenta con 26 ve­cinos, tres habitantes y una ermita dedicada a S. Antonio.

El Catastro de Ensenada (1752) mantiene su generosidad informati­va también con nuestro lugar. Nos permite saber que tenía 34 vecinos ó 97 habitantes, todos pecheros, de los cuales sabían firmar 11 (32%) y lo ignoraban 23 (67%). Explotaban una cabaña formada por 451 ovejas, 64 vacas y 11 cabezas de ganado mutar.

En 1833 Lorilla adquiere una categoría inusitada. Su término se con­vierte en mojón que linda con tres provincias: Palencia, Cantabria y Bur­gos. Pasaba a formar parte del Ayuntamiento de Sargentes de La Lora en 1845, medida, que, suponemos, no resultaría grata, dado el carácter que distingue a los pueblos loriegos; contaba con 79 habitantes.

Quedan abolidas las jurisdicciones exentas en el terreno eclesiástico y Lorilla deja de pertenecer a la Abadesa de Huelgas el 1873, pasando a la jurisdicción del Arzobispo de Burgos, quien incorpora esta parro­quia al arciprestazgo de Ordejón.

De las ventas desamortizadoras sólo hemos consultado un expe­diente relativo a la subasta del censo, que tenían las monjas de Pala­cios de Benaver en algunas tierras del pueblo.

El libro de matrícula parroquial reseña 18 vecinos u 80 personas en 1820. La desbandada progresiva coincide con la década 1960-1970, pe­ríodo de los Polos de promoción industrial y de mecanización del campo.

D. Demetrio Mansilla hizo la última visita Pastoral hace veintiséis años. El 1974 se disolvió como Entidad menor y según estudio realiza­do el 1978 Lorilla contaba con 53 emigrantes, 17 en Burgos, 12 de Viz­caya, 8 en Santander, 2 en el extranjero y los demás dispersos.

Elogio

Expansionado el corazón, dejemos hablar al frío entendimiento. Al redactar estas líneas hemos tenido sobre la mesa la composición de Rodrigo Caro «A las ruinas de Itálica». Lorilla no ha sido ni con muchí­simo otra Itálica, populosa ciudad romana de Andalucía dotada de servi­cios públicos, ni sabemos que le haya tocado en suerte ser lugar de na­cimiento de otro Trajano o personaje famoso.

Colocada en el borde, en un balcón de La Lora, mirando a Valderre­dible, a 1061 metros de altitud sobre el nivel del mar, tiene un clima frío. Y a varios grados de temperatura bajo cero muchas horas de largo invierno se hielan la imaginación y sentimientos, como no haya más que nostalgias y cálida inspiración de las musas.

Parece que perdió el tren de la modernización. Mientras otros pue­blos procuraban mejorar sus comodidades públicas como conexión a un mejor servicio de energía eléctrica, arreglo de accesos por carretera, traída de agua potable al centro del núcleo urbano… Lorilla en su mo

mento no dio el salto enfrentándose con los problemas derivados de estas mejoras.

Aunque mejor habríamos de decir que se abrazó con el porvenir de otra manera, incorporándose a la vida urbana o a otros números rurales con mayores horizontes de supervivencia y aquí, sin duda, encontraron lo que difícilmente hubieran logrado disfrutar en el punto de partida.

Desde esta perspectiva hablamos con gozo del abandono de Lorilla. Pienso que, aunque sea con dolor, los hijos de Lorilla se alegrarán de haberse visto forzados a abandonar su pueblo. Recios temperamentos curtidos por la aspereza de un páramo, se han injertado en troncos di­versos, enriqueciéndose mutuamente. Por esto elogiamos estas ruinas.

Lorilla estuvo a punto de renacer, cuando se hablaba de un trazado nuevo de la carretera Burgos-Santander por Reinosa, que hubiera pasa­do junto al casco urbano de nuestro lugar, pero el proyecto fue abando­nado. También años antes se lanzó la idea de levantar un monolito que proclamara la hermandad entre las provincias que se encuentran o limi­tan en la demarcación de Lorilla y la iniciativa no encontró suficiente calor.

La fundación, crecimiento, muerte o traslado de asentamientos hu­manos impulsa a reflexionar. Sin ribetes totalitarios quizás fuera nece­saria una cierta planificación de los núcleos urbanos rurales, para que consiguieran el goce de los servicios públicos en su totalidad, porque las personas del campo no son ciudadanos de segunda o tercera divi­sión. A este respecto no hay que olvidar que la iniciativa particular es capaz de creaciones inusitadas y de abrir caminos desconocidos, gra­cias a su flexibilidad y a la carencia del lento lastre burocrático. Habrían de conjugarse ambas aportaciones y dialogar.

Necesitamos también una filosofía y teología de la historia. La posi­bilidad de un paraíso en la tierra es una imposibilidad. El trasiego y su­cesión de pueblos, culturas… pregunta por el sentido del devenir de la Humanidad y busca una luz. Las ruinas como la muerte constituyen una cátedra que dan magníficas lecciones a través de su silencio elocuente. Solamente por este capítulo daríamos por bien empleadas las energías que nos ha costado redactar estas líneas, si ayudaran al lector a perci­bir el mensaje de provisionalidad y transcendencia que se desprende del abandono de Lorilla de La Lora.