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Don Andrés Manjón en un banderín conmemorativo del petróleo

Don Andrés Manjón (1846-1923)

Sargentes de la Lora, proa a la nieve, a la luz azul y al frío, es la cuna solariega de don Andrés. Los Manjón han subido desde las Asturias y, aun-que apenas tienen nada, visten jirones de hidalgo y gustan de la endogamia. Don Andrés así llama-do por imperativo del calendario, 30 de noviem-bre, apellidará Manjón, Manjón, Manjón, Puente, González, Manjón, Manjón, Pérez. Qué lío de boda por la consanguinidad de los papás. Don Andrés se definía como un cántabro hirsuto, áspero y bronco y acertaba en su autorretrato, que él atribuía a la dureza de la tierra. Don Andrés recibió en Sargentes una escasa y lamentable formación mental, confiada a un maestro (sic) que era en la escuela sayón y es-criba, ebanista, carpintero, campanero, relojero y pescador furtivo. Don Andrés tuvo un tío cura, al que los gobiernos liberales de la desamortización pagaban 500 reales al año, que enseñó al sobrino piedad, mucho respeto y algunos latines. Pero, don Andrés fue hijo de una madre privilegiada con la pobreza, con la ignorancia humana, con la orfandad precoz y con la viudez prematura. Sebastiana, doña Sebastiana, no sabía leer ni escribir ni contar, cosas que tampoco la hicieron mucha falta. Aprendió los evangelios y el cate-cismo “oyéndolos”; supo decir Sí y No y plantó una norma de verticalidad sobre la horizontalidad de la Lora. Supo transmitir a sus hijos el amor a Dios y el servicio al prójimo. Los menguados recursos del tío cura dieron lo justo para que Andrés estudiara en Burgos la carrera eclesiástica y en Valladolid los estudios civiles del Derecho. A los 34 años era catedrático de Derecho Canónico en Compostela, pero en 1880 se instaló en Granada, estrado definitivo de su gloria y tierra de su campo santo. Sobre el bronce de alma habían golpeado tres martinetes: Su madre, su tío y la Lora, tan alta como profunda, hasta grabar un hombre nuevo que en 1886 pidió al señor Arzobispo que le ordenara de sacerdote. Un año más tarde ganaba en oposición pública una canonjía en el Sacro Monte, antesala del paraíso, corriendo la gravísima tentación de encerrar su vida en la pinza del sillón canonical y de la cátedra rutinaria y, a vivir que son dos días.

Pero en la ladera del Monte Sacro, don Andrés se encontró con la maestra Mijas, una mujer pobretona e ignorante que en una de las cuevas enseñaba el catecismo y a leer a los niños, con el agravante social de gitanos y trogloditas. Se encontró con la sombra alargada de su madre, se sintió envuelto por el aura eclesial y por un llamamiento superior. Y se entregó a los niños, descalzos de pies, vacíos de letras y de números, pero con unos ojos grandes como lagos de inocencia y de belleza interior: … Y sintió la voz quebrada de una España en crisis política apunto de perder el Imperio y de quiebra material. Y don Andrés se irguió sobre sí mismo y empezó a escribir la canción de gesta que su madre, Mijas, España y la Iglesia querían oír: Una obra educacional nueva, directa, encendida de regeneración cristiana y nacional de niños y niñas y de maestros y maestras. Fue una acción abrumadora que se convirtió en voz de conciencia de gobiernos, de responsables; de vagos recuperados para la labor regeneracionista del cura burgalés. Las Escuelas del AVEMARÍA, que todavía siguen en el foro de la Pedagogía, fue la obra de un atlante que transportó en sus hombros de su Lora natal y bravía a la Granada del perfume y del ensueño oriental. Don Andrés no dirá su última palabra hasta que pueda pronunciarla desde el retablo de un altar. Atentos a su escucha.

La Escuela del Ave-María en Sargentes de la Lora

“La habitación destinada a clase estaba en bajo y tenía por suelo la tierra, que por ser pol-voriento cubrieron con lanchas los vecinos; por techo unas vigas y ripias de duela sin afinaciones de garlopa ni ajustes de cielos rasos; las paredes estaban enjalbegadas con tierra blanca; sin otro respiradero que una ventana de una vara que daba al mediodía, por donde entraba la oscura luz a aquella mísera y lóbrega estancia”. Estas palabras del pedagogo Andrés Manjón describen el lugar donde 01eaprendió sus primeras letras. Se refiere a la escuela de Sargentes, la cual sólo era para niños. A la luz de este texto, la escuela no parecía reunir las condiciones necesarias para que se diera una educación aceptable. Años más tarde, viendo Andrés los resulta-dos de su obra granadina, funda en el pueblo una escuela para niñas, que atendiera las necesidades educativas de éstas. La nueva escuela abrió sus puertas en el año 1893, en una casa cercana a la Iglesia que aún hoy se conserva. En esta clase se reunían las niñas y los niños más pequeños del pueblo, párvulos, para aprender las letras y las matemáticas. Los párvu-los, cuando finalizaban su etapa en la escuela del Ave-María, debían ir a la escuela Normal. Con el fin de que los niños pudieran continuar aprendiendo, según la pedagogía de Andrés, en F917 se abrirá un edificio que servirá de escuela para los niños. Este edificio continuará como escuela hasta 1982, año en el que, por falta de alumnos, se vio obligada a cerrar. Sin embargo, podemos ver el edificio que en los últimos años se ha rehabilitado para aulas de tiempo libre.

LA EDUCACIÓN EN EL AVE-MARÍA DE SARGENTES DE LA LORA
Las escuelas de Andrés se regían por una serie de principios; de los que cabe destacar algunos: Debe educarse al hombre desde pequeño: la educación debe empezar en los primeros años. La primera educadora del niño es la madre; por ello es muy importante educar bien a la mujer.

Debe educarse hasta muy tarde: el hombre necesita educarse durante toda su vida; es la llamada formación continua o permanente. La educación ha de ser ininterrumpida. La educación es obra de todos: quienes intervienen en la educación han de estar de acuerdo; niños, maestros y padres. La escuela debe estar en el campo. La educación al aire libre fue una de las mayores innovaciones que Andrés llevó a cabo. La educación debe ser religiosa: Andrés es un creyente ferviente y este fervor lo lleva a su obra convirtiendo la religión en eje de su pedagogía. La enseñanza ha de ser gratuita: todo el mundo tiene derecho a disfrutar de la educación sea cual sea su cuna. El niño ha de participar de su educación: no es un mero observador sino que ha de implicarse en los procedimientos de aprendizaje. El juego como herramienta de aprendizaje: tanto los maestros como Andrés se fijaban en los juegos de los niños para transformarlos en instrumentos educativos. Teniendo presente este ideario pedagógico se puede afirmar que Andrés fue un renovador dentro del campo educativo. Los principios eran claramente visibles en su manera de enseñar. El día en la escuela de Sargentes comenzaba con un dictado o caligrafía que los niños realizaban en unas pizarras que el maestro recogía y corregía. A continuación el maestro proponía un problema y entre todos tra-taban de resolverlo. La historia se aprendía en libros y más tarde se ponía en práctica sobre una rayuela. La oración también ocupaba una parte en la educación diaria. Además, las niñas aprendían tareas sencillas de la casa como coser y planchar. Dentro de la escuela, los niños más avanzados tutorizaban a los demás. Los juegos tuvieron una gran importancia en este sistema educativo. Algunos de ellos fueron seguidos por la mayoría de maestros del Ave-María, pero cada uno aportaba alguna novedad a lo ya existente dependiendo de la escuela que ocupara. Aún hoy se conservan algunos de estos juegos en el portalón de la escuela de niños de Sargentes de la Lora.

LA GUERRA EN SARGENTES

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Castillete de la Guerra Civil en el páramo de Hoyo de Sargentes

SE ESTABLECE EL FRENTE
El frente verdadero de la guerra fue aquí; por-que es que aquí estaban los rojos, como se decía, en el valle [de Valderredible]; y los guardias estaban en el Somo. El Somo es lo que domina el valle, donde divide Burgos con Santander. Pues estaban los guardias en el alto, hacían la guardia en el alto, y allí estaba una bandera muy grande… Desde julio que estalló el Movimiento, al principio de la guerra, sólo estaban ocho o diez guardias civiles, y estaban también falangistas, para no dejar subir a los rojos. Pero luego ya, llegó una noche que subieron [los rojos] para arriba, y los guardias, como no se podían defender, porque subían más que ellos, pues tuvieron que venir al pueblo: “¡Ay, que vienen los rojos, que vienen los rojos!”. Y entonces fue cuando ya no volvieron a bajar al valle ésos; o sea, ya habían puesto el frente más arriba; poco a poco fueron viniendo hasta aquí, hasta encima del pueblo. Ya, luego ya, cuando eso, vinieron los militares [del bando de los “nacionales”]: el 13 de septiembre fue cuan-do subieron; eso fue aquel día: ¡yo que me asomo a la ventana y… pero qué pasa, si no hay nadie en casa!; me asomo, y veo a muchos con varas largas y eso, y eran se conoce que los camilleros; que habían venido doce o catorce camiones con refuerzos de Burgos, que habían pedido refuerzos. Y ya, aquel día vinieron doce o catorce camiones llenos de militares, y fue cuando empezaron a establecer el frente, el 13 de septiembre. Pero ya, hasta cerca, estar cerca, cerca, no vinieron hasta abril. Había un terreno, como medio kilómetro o un kilómetro [de separación entre los dos bandos], estaban un poco distantes, pero luego ya, cuando se acercaron encima del pueblo fue en abril, y fue cuando nos marchamos; marchamos cada uno por su respigón, nadie se quedó aquí, me acuerdo porque teníamos una vaca holandesa y teníamos que entregar la leche, y había que cuidarla, claro, y alguno se quedó aquí con la vaca y tenía que cuidarla, sacarla a pacer en algún sitio escondido, pa que paciese algo; y luego, la leche la teníamos que entregar en el hospital, que había un hospital de sangre, una casa que les dejaron y que la llamaban el hospital de sangre, para lo militares que, o que les herían o estaban enfermos, o lo que fuera. Y mi madre tenía que dar la leche al hospital, y luego vendía algún litro ella a los militares, que en vez de entregarlo todo se conoce que dejaba algo, no sé cómo… Los demás animales los sacaron todos: los rebaños de ovejas, los bueyes, los novillos… todo. Y los rebaños los tuvieron en un pueblo, en Gredilla de Sedano, o no sé dónde; cada cosa en un sitio, igual que los gitanos. De aquí se llevaron los rebaños enteros. En total, que desde abril hasta septiembre —que yo no sé cómo fue aquello de la bolsa que decían de Bilbao—, aquí no hubo ataques ya; en septiembre ya se retiraron [las tropas nacionales], porque yo no sé qué bolsa les hicieron [a los rojos], yo no entiendo de eso y ya no me acuerdo cómo fue.

TRINCHERAS, MURALLAS Y ALAMBRADAS
Para eso [para la defensa del pueblo] estaban las trincheras. Es que cuando pasaban de un sitio a otro, para eso estaban las trincheras, que decían. Y estaban, que podía pasar uno de pie y no le veían. Hicieron una muralla todo alrededor [del pueblo], con unas mirillas para tirar desde dentro. Y luego después, vinieron los de zapadores a recoger las alambradas que habían puesto. Los de zapadores venían porque tenían mucho material en alambradas. Es que antes de llegar a la cerca había alambradas, para que les costase trabajo llegar, porque si no, si se embobaban un poco, enseguida se echaban encima; y así, con las alambradas, mientras las cortaban o no las cortaban… No había más que dos entradas en el pueblo, ¿eh?, ahí abajo y ahí en eso.

CADÁVERES ABANDONADOS
En una ocasión hubo un ataque para el para-peto de aquí, de La Horca; y era una mañana de niebla, que venían por Valdeséis; venían unos cuantos y mataron a veintitantos o treinta rojos. Estaban cercando el parapeto, pero levantó la niebla, les vieron y les mataron. Todavía en el mes de septiembre, que vine yo, y eso fue en abril o algo así, y todavía estaban algunos de esos militares en el suelo; los cogieron después. Me acuerdo que dijo mi hermano, dice: “Vamos a acercamos allí”. Se les veía por los zapatos, claro,

SARGENTES, EVACUADA
Cuando la guerra, tuvimos que evacuar todos, porque como dominaban los rojos allí… [Estu-vimos fuera] pues tres meses o cuatro. [Eva-cuamos] pues la mayoría, no quedaron más que cuatro mayores, todo el mundo: el uno estaba en Burgos, el otro en Sotopalacios, el otro en… como los gitanos. Eso era cuando aún no había aquí apenas militares y no había defensa. Me acuerdo que mis padres guardaron el dinero ahí en eso, en esa tejadilla, que estaba llena de leña y llena de todo. Y me acuerdo que luego, se cono-ce que lo habían sacan… No sabían dónde poner-lo, porque antes no había cajas [de ahorro], o eso. Y para entonces era bastante

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El búnquer de Sagardía de Bricia

[dinero], tenían unas ocho mil pesetas. Pues lo habían metido ahí en eso, en una caja, y resulta que luego lo sacaron por miedo, y a los pocos días, todo revuelto estaba; se conoce que los militares habían andado revolviendo, y si no lo habrían sacado, se habían quedao sin ello.
Según iban por ahí, tiraban desde arriba y a una señora la hicieron ocho o nueve agujeros en las faldas, y no la pasó nada; como entonces llevaban las faldas un poco huecas, pues el caso es que… Es que coincidió que salía una sección de caballería, de falange, que los tenían aquí los caballos, en esta casa; pues que tiraban se cono-ce que a los militares, y ella que [debía escapar del tiroteo] pues….

LA GUERRA Y LAS REQUISAS
Lo que nos tocó vivir durante la guerra fue durísimo. Además, pérdidas, muchas, ¿eh? Aquel ario, lo primero: no pudimos sembrar más que al principio el trigo, porque entonces todavía estaba libre; pero luego, ya, como acapararon rol terreno, ya no se sembraron patatas ni se sembró nada.

Pues después ya, en septiembre, ya habían empezao los rojos a segarlo el trigo que teníamos, pero todavía pudimos segar algo nosotros. [Ese trigo] es lo único que recogimos. Por otra parte, ganao, a mi padre me parece que le fallaron, entre las que le mataron aquí cuando los guardias, y luego las que fallaron en el pueblo cuando las tuvieron en el rebaño, yo creo que más de diez vacas y ovejas. Y quien dice eso, también hubo una temporada de requisas, que había que dar alguna vaca o algún…”.
Informante: Rosario Manjón, de 80 arios, de Sargentes.
Colector: E.R. Fecha: 7-8-2004

PUEBLOS AMURALLADOS
“Había muchos soldaos, llegaban con camiones, y se les destinaba a los sitios del Frente. Este pueblo estuvo amurallado entero, con dos paredes más altas que yo. Y pasaba la gente entre las dos pare-des; el pueblo entero todo rodeao. Por la noche hacían las paredes porque las jodían aquellos. A los presos rojos les tenían para hacer las paredes.
Allí tenían los soldaos un carro de bueyes de portillera, y decían: “¿Tiene usté pase?” Y si no le tenían pues no le dejaban pasar. Ahí había otro carro [cruzado en la calle, en otro de los accesos al pueblo] y dos soldaos. Venía un coche o alguien y [preguntaban]: “A ver: ¿trae usté pase? Eso servía de portillera.
Aquí había capitanía cuando la guerra, los jefes gordos allí estaban. Aquí había muchos militares: entre los pajares, los desvanes; las habitaciones pa los jefes… Los nacionales estaban allí arriba y los rojos allá….Un día tomaron un pacto, que llamaban, y se juntaron aquí todos, sin un tiro ¿eh?; aquí estuvieron todo un día juntos como amigos; y llegó un momento que dicen: “bueno, cada quien a su sitio”; los vi venir, y aquí se juntaron; ellos bajaron cien o doscientos, y cuatrocientos que había aquí, fíjate tú. Después se preparó un follón seguido, porque verás: había un hermano en el otro lao y el otro en éste. Se juntaron allí, se abrazaron y dice el de los rojos: “Mátennos juntos, que yo no vuelvo allá”.
Los cañones les tenían en Ayoluengo, desde aquel altito hacia aquí tiraban, por encima del pueblo; morteros se llamaban, los morteros pasaban por encima el pueblo.
La fuente del pueblo estaba abajo, y había veces que se encontraban a por agua [soldados de] las dos partes, y entonces no tiraban ni un tiro ni nada.

EL PARAPETO DE LA MUERTE
Se llamaba el Parapeto de la Muerte, pues por-que estaba ahí el frente. Y fíjese, los tiros llegaban aquí, claro. Mire, en este colegio, por la parte atrás, tiene todavía los impactos de las balas.

LA COLUMNA SAGARDÍA
[Sagardía] conducía la “Columna”, que decían. Esa casa [en el centro del pueblo] era la casa del médico, [y] era Capitanía [la Comandancia] cuando la guerra; ahí estuvo [alguna vez] Sagardía.

“¡SÁLVESE EL QUE PUEDA!”
Aquí estaba yo un día que hubo un ataque; que había un ataque como que no quedábamos uno [vivo]; y nos tenía mi madre a los seis hijos, así cogidos.

Dice:
—¡Aquí morimos todos! Y ya se anochecía, y decía mi madre:
—¿Aquí vamos a estar? Y se fue a capitanía, que estaba allí, ande la iglesia, pa ver que había que hacer:
—Oye: ¿qué pasa? ¿Qué hay que hacer, qué hay que hacer?
—¡Cómo que qué hay que hacer! ¡Sálvese el que pueda! –le dijeron.
Dice:
—¿Sabes lo que te digo? –Me cogí, sin padre ni madre, y me marché por el campo a través, por allí, entre tiros ¿eh? Y a Ayoluengo fui a quedar-me. Llamé a una casa que conocía, y me acuerdo que llamé en aquella puerta:
—¡Ladislao! ¡Ábreme!
—¡Ay, coño, en qué día vienes!
—¿Pues qué pasa?
Dice:
—¡Pues que tengo a la mujer dando a luz!
Dice:
—Pues déjame dormir aunque sea en la escalera. Y justo, me senté en la escalera, arriba, y allí amanecí”.

Informante: José Luis Gallo, de Sargentes, de 77 años.
Colector: E.R. Fecha: 7-8-2004

LA GUERRA EN AYOLUENGO
“En un cerco que tuvieron en Lorilla, que cer-caron los rojos, y estuvieron resistiendo bien, bien, y de Basconcillos, me han contado a mí, que su-bieron la caballería y se lanzaron sobre el pueblo, a caballo, sobre los cercos que tenían, y lo…
El general Sagardía tenía el cuartel general en Tubilla [del Agua]. Estuve en Tubilla con mis padres y allí le vi muchas veces.
[En el Parapeto del Hambre], en aquel entonces vi un ataque: ¡cómo corrían los moros cuando le cogieron los rojos! ¡Corrían para abajo, vaya manera de correr! Y el Parapeto de la Muerte también le cogieron los rojos, ¿eh?; y también les vimos correr para afuera a los nacionales.

LAS CARRETERAS DE LA GUERRA
La carretera de Lorilla a Basconcillos la hicieron los nacionales, como [también] hicieron la carretera de Sargentes a Basconcillos, que la hicieron los nacionales entonces, cuando la guerra. Yo iba. En una oportunidad me dijo mi padre: “tú, sólo vete con el carro, y lleva los bueyes allá con el carro, a la carretera de Sargentes a Basconcillos. Y yo fui con el carro, y fui con otros vecinos. Es que [la construcción de las carreteras] era imprescindible para sostener [el avituallamiento y el movimiento de los militares], yo creo. Como por ejemplo: aquí había carretera de Sargentes a San Felices, pero de aquí [de Ayoluengo] se hizo una a San Felices; nosotros, de chavales, íbamos con los de artillería”.

Informante: F. Manjón, de Ayoluengo, de 80 años.
Colector: E.R Fecha: julio, 2004

MISA EN LORILLA POR EL FIN DE LA GUERRA
“En el 39 [1939] se celebró una fiesta de la terminación de la guerra en Lorillla, [en el lugar] que son las tres provincias: Santander, Palencia y Burgos. Allí estuve yo. Tengo mala memoria, pero no se me olvidará que marcharon los curas: estaban diciendo el sermón, [cuando] se oyó un avión, y tol mundo [se desperdigó] por el monte abajo, a meterse al monte. Estaban en el sermón, y en el momento que se oyó ruido de aviación, el público y ellos [los curas] se tiraron del púlpito. Había por lo menos tres curas. Ya había terminao la guerra y militares allí no había nadie”.

Informante: Jesús Ortega, de Pomar, de 84 años.
Colector: E.R. Fecha: 10-6-2004