CENICEROS DEL RUDRON
(Memorias de un pueblo reducido a escombros)

(Publicado en el DIARIO DE BURGOS el 4 de mayo de 1986)

Es posible que algún lector del DIARIO DE BURGOS proteste por­que yo, un pueblo reducido a escombros, abra mi boca. ¡Detente, amigo! En tiempos democráticos y de libre expresión todos tenemos de­recho a hablar y expresar nuestras ideas, sentimientos y recuerdos, hasta los muertos; eso sí, con respeto a los demás y yo procuraré man­tenerme dentro de este límite elemental.

Por si acaso no fuera suficiente motivo el anterior, añado otro: en mis lares se instaló el tronco genealógico «Manjón», de él nacería en Sargentes el ilustre pedagogo de Burgos eclosionado siglos más tarde en la vega granadina: Don Andrés.

Por tanto, yo, difunto pueblo de Ceniceros del Rudrón, pido la pala­bra y con la venia del público la tomo.

Mi entorno y orígenes

Soy hijo de padres desconocidos. No les achaco que fueran desna­turalizados. Cuando vine al mundo, no existía registro eclesiástico ni civil ni de empresas ni controlaba el fisco licencias de actividades diver­sas. Ignoro si nací aquí o me trajeron de muy pequeño.

No sé si me pusieron Cenicero, porque pasaba horas y horas al fogón para librarme del frío y tenía ahumada la cara o porque mis pa­dres tomaban del monte madera, que reducían a cenizas y luego ven­dían para teñir y dar colores a los vestidos o por la fea afición de la gente a poner motes como sea.

Buscando fortuna, huyendo de los árabes o acogiéndose a un bando real, mis progenitores se asentaron al pie de un remanso a 951 metros de altitud. Está situado el lugar de acampada definitiva en el Ayuntamiento de Sargentes de La Lora, junto a la garganta, por la que discurre el río Rudrón, bastante elevado sobre él para evitar inundacio­nes.

Los que actualmente quieran acercarse a mi núcleo urbano tendrán que hacerlo en vehículo todo terreno o a pie, iniciando el camino desde S. Andrés de Montearados.

Mi infancia

Tiempos duros eran aquéllos y circunstancias difíciles. No había tiendas de ninguna clase ni iban vendedores ambulantes a surtirnos de productos alimenticios o géneros diversos.

Estaba declarada una guerra cruel contra los elementos y la natura­lidad. El instinto de la vida agudizaba el ingenio para suplir la solución de los problemas primeros de la subsistencia.

Cuando empecé a andar y salir por el campo me divertía amonto­nando piedras, con superficie rugosa, formas ovaladas, de tamaños di­versos, que a mí me llamaban la atención, las encontraba entre los res­tos que la erosión iba depositando en el fondo de la ladera, arrastándo­las y desprendiéndolas de la muralla rocosa que me defiende por el Norte. Después me he enterado de que se llaman fósiles.

Mi adolescencia

Un día del 1068 vinieron unos señores a caballo. Dijeron que el Rey don Sancho II de Castilla me había entregado al obispo de Burgos; desde aquel día tendría que pagar impuestos al nuevo señor o a sus delegados; quería el Rey, alegaron, restaurar la sede episcopal de Oca.

No había pedido parecer ni había otra alternativa. Mis padres co­mentaron: María y José tuvieron que ir a Belén por decreto imperial.

Tengo sobre esto el recuerdo algo confuso. Además de esta visita oficial, no sé si el año 1074 llegaron emisarios de un hombre principal llamado Rodrigo Díaz de Vivar (Cid Campeador); cedía tierras suyas en

mi demarcación como regalo de bodas a su futura esposa Jimena. Vuelvo a repetir que no tengo esto bien claro.

Tuve hermanos. Para la iglesiuca erigida en parroquia nombraron a un cura. Nuestro párroco fue llamado como testigo el 1231 para ventilar la disputa entre los de San Mamés de Abar y los de Barrio Panizares. Como nosotros éramos vasallos del obispo, pensaría que íbamos a tes­tificar a su favor. Ahora bien, nosotros preferíamos ser amigos de la verdad y la justicia antes que del obispo, que en este caso, por cierto, estaba con el obispo.

Con la leche de unas ovejas y cabras, un poco de caza, algunos productos silvestres y algo de huerta engañábamos el hambre.

Mi juventud

Acompañé a mi padre en algún viaje por las cercanías. Conocí a una chica encantadora; así me lo parecía a mí, aunque nadie quiso ca­sarse con ella antes, porque tenía un lunar en la frente. Nos nacieron hijos. Murieron los padres.

Fue terrible lo que nos tocó vivir el 1348, el año de la peste negra, como decían. Fue una epidemia cruel; pocos éramos y a menos dejó con vida y los que sobrevivimos a trancas y barrancas hubimos de ir a casa de unos familiares al pueblo vecino. Marchamos varios inviernos y regresábamos en verano.

Allí nos encontraron los funcionarios del Monarca don Pedro I; ve­nían el 1352 haciendo la lista de las behetrías de Castilla, me pidieron declaración y expliqué el caso.

Juré que Ceniceros era lugar de la Catedral de Burgos ‘y cuando es­taba poblado, paga XII dineros al obispo además de servicios y mone­das al Rey. Aceptaron mi declaración; comprendieron mis circunstan­cias.

Hacia la madurez

Aumentó la familia con nueras, yernos y nietos. Hubimos de ampliar la casa o chabola y hacer alguna independiente, porque casada casa

quiere y necesita. Nos embarcamos en la reedificación o construcción de un templo de nueva planta.

El 1516 vino el administrador del Prelado diocesano y me encontró con 4 vasallos o vástagos o vecinos. Me sentí emocionado y orgulloso de poder presentar tan florido plantón, siendo tan oscuro el panorama.

Con todo el Valle y Honor de Sedano caí bajo la jurisdicción del Marqués de Aguilar desde 1480. Sus abusos nos forzaron a agruparnos para defendernos de sus extralimitaciones. Desde 1576 quedan libros con acuerdos de las juntas, tomados por los representantes de los 27 lugares del Valle.

Un día apareció en mis calles un muchacho apuesto y galán. Decía ser alguacil del Corregidor puesto por el Marqués en el Valle de Seda-no. Trabó conversación con mi hija mayor. Se apellidaba Manjón. Sur­gió el flechazo. Volvió en años sucesivos. Se casaron. Levantó una casa solariega con hermoso escudo de hidalgo fechado en 1585, hoy en Granada. Por emulación o por envidia pusieron alguno más.

Al principio recelaba de él, pensando en el refrán: «El que se casa lejos va engañado o a engañar». Ahora estoy contento. Aquí están las raíces de los «Manjón» nacidos después en San Andrés, Ayoluengo, Valdeajos, Hoyos, Barrio Panizares y, sobre todo, Sargentes de La Lora.

El 1588 tenía yo cinco vecinos. Empezó a hablarse de una torre más airosa. La nueva sangre animaba. Se abrió el Archivo Parroquial. El libro de Cuentas que hoy se conserva comienza el 1608; antes apun­tábamos en papeluchos y se vió la conveniencia de llevar un control más serio, eficaz y duradero. El mismo criterio se aplicó para bautis­mos, entierros y bodas, pero éstos han tenido menor fortuna; las actas de finados empiezan el 1617, las de casados, el 1689 y la de bautis­mos, el 1681.

El 1677 nos quejamos de que nuestro cura residía en Barrio Paniza­res atendiendo una Capellanía. Siendo minúscula feligresía, terminarían sirviéndonos los sacerdotes de Hoyos, Moradillo, San Andrés. Tres ve­cinos encontró el Visitador Diocesano el 1709. La iglesia de San Pedro resultaba demasiado grande para tan poca gente y eso que era chica.

Plenitud

Pienso que mi siglo de oro inicia con el Catastro de Ensenada (1752). Tenía 8 vecinos o 38 personas. Siete eran hidalgos y uno pe­chero. Sabían firmar dos y el resto lo ignoraban. En mis términos pasta­ban 159 ovejas, 54 cabras y dos vacas.

Según la nota de diezmos entre diez vecinos cogimos el 1800 de trigo 90 fanegas, otras tantas de cebada y 35 de yeros.

Demográficamente nos mantuvimos así 8-10 vecinos, treinta y tan­tas personas hasta 1900.

Vejez y ocaso

Los hitos primeros de mi decadencia pudieron ser la subasta desa­mortizadora de 1866 y de 1880, lote de fincas de la iglesia y de los pro­pios del pueblo. Habría que añadir la anexión parroquial de mi persona­lidad a San Andrés de Montearados el 1868.

En la primera mitad del siglo XX fui perdiendo vigor demográfico.

Me faltaba el certificado de defunción; fui disuelto como entidad menor el 20 de julio de 1974; mis restos mortales fueron agregados al Ayuntamiento de Sargentes de La,lora.

Ultimas palabras

Todavía tengo diseminados algunos hijos emigrantes que me llevan en el corazón. Me emociona pensar en ellos.

Las personas físicas resucitarán con una resurrección de gloria o de condenación. Las personas jurídicas recobraremos un hálito vital, en quienes estuvimos apoyadas. Espero que, al concluir la historia, el día del juicio final haya quien sostenga la pancarta de mi nombre a la dere­cha del Juez Supremo.

Gracias, amable lector, por tu paciencia para seguir el hilo de mis recuerdos.